¡Ultima etapa!
No nos despertamos ni muy tarde ni muy temprano. Tenemos el suelo de la segunda planta tapizado con esterillas, sacos de dormir, cuerpos, material informático y ropa. Jacobs, nuestro anfitrión, llega a tiempo para despedirse de nosotros. A las 10:00 hemos quedado en la estación de tren de Røskilde con nuestro amigo Kim, el autraliano que empezó su viaje en junio de 2008, jugando el importante papel de nexo de unión de todos los ciclistas que partimos de otras partes del mundo.
Como no podia ser de otra manera, llegamos un poco tarde, pues aparte de la imputualidad intrínseca, nuetra casa se encontraba a 9 Km. del centro de reunión.
Cuando llegamos al lugar nos sorprendemos de la cantidad de gente que hay. Allí se encuentran no solo los compañeros de Australia, Alemania, Gran Bretaña, con los que ya habiamos pedaleado juntos, sino también de otros paises como Francia, Holanda, China, etc.. además de gran cantidad de daneses que han querido mostrar su apoyo al proyecto acompañado a esta marcha en sus últimos kilómetros. El número rondaría los 50 ciclistas, cifra que se triplicaría rápidamente, engordada por los puntos de encuetro de la etapa de hoy.
La salida es motivadora: Kim y compañía doblan un recodo y pasan por delante del grueso del grupo instándonos a voces a unirnos a ellos, cosa que hacemos sin dudar, y nos ponemos en marcha un gran grupo de ciclistas rumbo a nuestra entrada triunfal en København. El ambiente es festivo y distendido, charlando con personas de las más dispares nacionalidades.
En cuanto a climatología el día no destaca por bueno, pero tampoco por
malo, y no se oyen quejas de ningún participante, con lo que se lleva mejor eso de pasar frío. En lo que ha sido una mala etapa es en cuestión de incidentes: uno de los días con más pinchazos y más injustificados, ya que hemos ido siempre por asfalto y no hay plantas pinchundas en todo el trayecto. El primero ha sido de Kim y hemos aprovechado el tiempo de la reparación para echar un partido de fútbol en el césped. La delegación española tampoco se libró de los percances; un pinchazo (Alberto) y dos caídas (Héctor y Alberto), siendo para más inri en el mismo sitio y de la misma manera: tropezando con unos antiguos raíles de tranvía o tren. Por suerte no hay que lamentar víctimas mortales, amputaciones, roturas de huesos ni ninguna otra consecuencia que impida seguir adelante.
Hacemos tres o cuatro paradillas en las estaciones de tren de los pueblos por los que pasamos para recoger a más gente, tomar una chocolatina y continuar. A 6 km de Copenhague nos hemos reunido con bastante más gente y hemos hecho una parada para que Kim explique el plan, que consiste en hacer ruido y algo de paripé estos últimos kilómetros, consistente en sacar pancartas, algún instumento de percursión y megáfonos. Es en este momento cuando la gente se empieza a desmadrar y a cantar eslóganes contra el cambio climático y demás.
Copenhague es una gran ciudad con un inmeeeeeeeeenso número de ciclistas, y como nosotros somos muchos y ocupamos todo el espacio, vamos creando un atasco de ciclistas detrás nuestro (ellos no se lo toman a mal, los daneses son gente simpática y sobre todo amables), con lo que vamos dando la sensación de ser aún más participantes. Hemos llegado a una especie de centro social y de ocio en donde nos han recibido varias personas de distintas organizaciones y de la prensa, y luego hemos entrado dentro, donde tenían preparada una mesa con gran cantidad de panes, embutido, queso, verduras y bebidas. Así que ahí nos hemos quedado un buen rato, descansando, comiendo, bebiendo y charlando. Poco a poco se ha ido marchando la gente hasta que sólo hemos quedado los españoles, Kim y gente de su entorno (estaban sus padres, entre otros). Hemos quedado para cenar mañana y nos hemos marchado, que todavía nos quedaba encontrar la casa.
Nada más salir nos topamos con un grupo de barceloneses que nos regalan un mapa y nos ubican; estamos muy cerca de la casa, así que en un cuarto de hora nos encontramos llamando a la puerta. Ahora estamos ya en casa con Ana, que es española, y su pareja, y en breve nos iremos a una pizzería a cenar (por segunda vez), y a decansar, esta vez sin tener que pensar en la etapa de mañana, pues por fin hemos llegado a !!COPENHAGUE¡¡.
Os damos las gracias desde aquí a todos los que nos habéis seguido hasta ahora, a los que nos habéis acogido, a los que nos han apoyado de las formas más diversas y en definitiva a todos los que nos habéis ayudado a hacer posible este proyecto.
¡Nos vemos muy pronto!
Escrito por Carretera a Copenhague 










En poco más de un suspiro llegamos a nuestro destino, Gosdorf. Es un pueblo muy, muy pequeño. Mandamos un SMS a nuestro hospedador y a los 5 minutos sale un señor de una de las pocas casas diciendo “Eh! Guys!”. Es John, la persona que nos va a alojar esta noche. Pertenece a la red alemana de cicloturistas que tan bien nos está haciendo. Es un alemán entrado en años, pero grande, fuerte y sano. En su casa descubrimos por qué: tiene un gran taller en donde fabrica todo tipo de cosas en madera relacionadas con el deporte, como arcos y kayaks. Entre otras aventuras, cabe citar que ha cruzado el atlántico en solitario en un barquito fabricado por el mismo, aunque él no le da mucha importancia al asunto (tipos duros estos alemanes). También ha viajado por medio mundo en bicicleta y kayak.


































Hemos ido a un bar a desayunar: café del bar y gofres de una tienda cercana. Cuando nos íbamos a ir ha sonado la alarma antirobos y nos ha cogido a todos por sorpresa; la camarera a pegado un brinco, nosotros casi somos noqueados por el ensordecedor ruido, y el dueño se ha acordado de todos los parientes ya difuntos de la alarma, por decirlo de forma fina.
Lo cierto es que hemos ido lentotes casi toda la etapa; sólo cuando ya estaba próxima la hora de la comida hemos ido a la velocidad normal. Además, no teníamos muy clara la ruta a seguir y para más inri nadie nos sabía indicar una buena carretera para entrar a Bruselas en bicicleta, ni siquiera en las oficinas de turismo. Al final acabamos comiendo en la puerta de una de un pueblo belga, situada en la bonita plaza central. Como faltaban 40 minutos para abrir, esperamos comiendo pan con queso (de nuevo). Al acabar entramos y preguntamos con idéntico resultado: no saben indicarnos una ruta para entrar a Bruselas, pero nos da otra alternativa: existe una estación de tren en el mismo pueblo y hay trenes con parada en Bruselas cada 20 minutos. Decidimos tomar el siguiente tren y evitarnos problemas con el tráfico y las carreteras…aunque quizás suene a excusa algo manida ya.
En la estación nos cuesta entendernos un poco con el taquillero pero logramos sacar los pasajes para el tren, aunque después nos cobran un suplemento por llevar las bicis. Cuando subimos al tren nos damos la sorpresa: el conductor tiene raices españolas, de Andalucía concretamente. Después de subir las bicis y colocarlas como podemos en la misma cabina del conductor, nos acomodamos en el primer vagón que vemos. El conductor se sienta con nosotros y nos da conversación, contándonos un poco su vida, que estamos en primera clase pero que nos deja estar aquí, etc.
A eso de las 8:00 ha empezado a sonar el despertador del móvil de Juan; a las 8:10 ha sonado de nuevo; a las 8:20 otra vez; y a las 8:30; y a las 8:40…y así hasta que se ha querido despertar.
Sobre las 14:30 hacemos la parada de la comida en el ayuntamiento de un bonito pueblo. Habíamos quedado con Juan, pero todavía no ha llegado, y nosotros estamos muy hambrientos, así que pasamos de esperarle y comemos lo que tenemos a mano: pan con queso en este caso. El queso es algo que nunca falta en ningún pueblo de Francia, por muy puequeño y apartado que sea. Otras cosas que no faltan son la coiffure (peluquería), la boulangerie (bollería) y un bar llamado “Des sports”. Cuando terminamos de comer nos vamos a tomar un café a un bar y al rato aparece Juan. Hablamos con él sobre dónde nos vamos a hospedar cada uno, puesto que el hospedador de hoy sólo tiene espacio para 2. Al final Juan decide irse directamente a Bruselas, a casa de un amigo, para facilitar las cosas. Los otros 3 iremos a la casa a probar suerte, a ver si nos acepta a todos.
La ruta de la tarde es similar a la de la mañana, por carreteras secundarias, sin tráfico ni contratiempos. En un determinado momento a Héctor se le cruzan los cables y se pone a tirar a toda pastilla, y el resto le aguantamos el ritmo. Así, pronto llegamos a Ferriere la Petit, en donde pasaremos la noche. Falta buscar la calle, aunque preguntamos a un transeúnte y en seguida llegamos a su puerta. Ni siquiera nos da tiempo a quitarnos el casco y los guantes: nuestro hospedador estaba atento y abre la puerta en cuanto aparcamos las bicis. Sin piedad se avalanza sobre nosotros y se presenta. Se llama André y es un tío robusto, muy simpático, bromista y con una sonrisa cinceladad a perpetuidad en su rostro. Nos va a dejar pasar la noche a los tres, incluso cuando tiene otros 2 invitados. Tiene una casita con dos pisos y el de arriba es para nosotros; tiene dos sofás camas, un sofá normal y un montón de espacio. También tiene una batería y nos hace una demostración, aunque insiste en que está aprendiendo.
Ahora estamos todos en el salón todos juntos: Héctor, Mario, Manuel, André y los otros dos invitados, los cuales también están haciendo una ruta en bicicleta, aunque las suyas son de paseo y no pueden darle mucha caña. Dentro de poco cenaremos, aunque miedo nos da: André dice que es sólo un aperitivo, ya que tenemos una botella de vino y él sólo come con whisky. Ya veremos si no acabamos todos como cubas…
Hemos quedado todos a las 9:00 en la Torre Eiffel. A eso de las 9:40 llegamos, sin prisas; no, la puntualidad no es lo nuestro, no. Rodamos unas tomas y nos ponemos rumbo a La Gare du Nord, en donde tomaremos un tren para salir de París y evitarnos cualquier susto y/o disgusto con el tráfico. Por el camino pasamos por el Arco del Triunfo y…recordamos que es fiesta nacional. De hecho, está todo vallado y cortado al tráfico, con gendarmes, policías y militares por todas partes. Cuando nos hartamos de curiosear nos vamos a la estación, la cual todavía está lejos, a pesar de estar en la misma ciudad. 13 kilómetros más tarde llegamos a ella, no sin antes hacer un alto en el Moulin Rouge para hacer unas fotos.
Quentin. Nos vendrá bien una etapa cortita para ir adaptándonos al ritmo de la bici, después de 3 días de descanso sin tocarla. Una vez sabido nuestro destino miramos a qué hora tenemos el siguiente y compramos los billetes; tomaremos un tren a las 12:37. Mientras hacemos tiempo buscamos un lugar en donde aparcar las bicis y descansar. Lo hacemos frente a un bar y tomamos algo para matar más al aburrimiento que al hambre. Hacemos descubrimientos curiosos sobre la estación: las palomas campan a sus anchas por allí, aterrizando sobre las mesas de los bares y tirando vasos y sobras por el suelo; existen unos pilares con un núcleo formado por una resistencia al rojo vivo con el fin de irrradiar calor, alrededor de los cuales se arremolinan turistas, pasajeros e indigentes; si te estás meando a más no poder (el cual era nuestro caso) ya puedes tener 1 € a mano: es lo que cuesta hacer uso de los baños. Incluso en ellos hay tornos y una “dependienta” para atenderte. Si todavía te puedes aguantar 5 minutos puedes intentar llegar a la otra punta de la estación, en donde hay otros baños a mitad de precio: ¡Tan sólo 50 céntimos la meada! Por ese precio, ¿Quién puede resistirse?
6 grados y medio y un poquito de viento: el invierno del norte ya empieza a hacerse notar. Ropa de abrigo, cortavientos encima y a rodar. Empezamos tranquilotes, sin prisa, pasando frío sobre todo en manos y pies. Cuando ya le empezamos a dar vida a los pedales vamos estabilizando la temperatura de nuestro cuerpo y alguno se empieza a cocer en su salsa bajo múltiples capas de forros polares. Hacemos un alto en el camino en un pueblo que está celebrando las fiestas con competiciones de carrera de resistencia. Tomamos algo en un bar mientras vemos a niños y mayores correr en mayas cortas con esta temperatura y después nos vamos. Antes de salir del pueblo preguntamos a uno de los hombres que controla la carrera por Saint Quentin: nos da la dirección a seguir y la distancia que nos queda. ¡60 kilómetros! Eso es más de lo que se suponía íbamos a hacer en toda la etapa, y creíamos estar a la mitad. Ya no vamos a pasar frío: arreamos de nuevo a velocidades de vértigo para llegar antes de que anochezca. Al rato tenemos un pequeño golpe de suerte y vemos la distancia hasta Saint Quentin en un panel informativo: son 42 kilómetros. Siguen siendo bastantes para ser tan tarde, pero al menos nos quitamos 20 kilómetros.
Llegamos a Saint Quentin ya de noche (anochece muy pronto en estas fechas y en estas latitudes), miramos un plano en la entrada y nos vamos a buscar la calle de nuestro hospedador. No tardamos mucho, y de paso vemos el ayuntamiento y varias maravillas arquitectónicas más. Conocemos a Jimm, nos enseña sus bicicletas remodeladas por él mismo, sus portabultos artesanales y nos conduce a la habitación. Tiene una cama, suelo enmoquetado, ducha, cocina y baño, todo en uno. Está bien pensado…para una persona. No sabemos lo agradable que puede resultar hacer uso del WC con tres personas más en la habitación y separados por una estantería de madera. Ya veremos cómo nos apañamos con ello.
Ya íbamos necesitando unos días de descanso. En bicicleta siempre hay que anticipar; cuando sientes sed ya es tarde, tendrías que haber bebido antes. Y así con todo: hambre, frío y, por supuesto, cansancio. Empezaban a asomar síntomas: empezaban a doler las rodillas, los gemelos, el cuello, y en ese maldito cuadrado lumbar aparecían también los primeros dolores y no se rodaba con tanta frescura.
Ya había estado otras veces en París, pero la he descubierto desde otro punto de vista, más viajero que turístico, pudiendo dilogar con parisinos y conociendo más de cerca los entresijos de la vida en París. Esto no ha evitado que haya dedicado tiempo a visitar aquellos lugares de esta ciudad que me siguen teniendo enamorado: escuchar un concierto de órgano en la catedral de Notre Dame, callejear el domingo por el centro oyendo a una pequeña orquesta, un saxofonista, un grupo de rock, una visita a los impresionistas… y seguir callejeando hasta el anochecer. ¡Qué placer! Esta ciudad rebosa la energía de los cientos de genios a los que ha atraído.
Y al volver a casa, a trabajar: blog, vídeos, correos, planificar etapas, encontrar alojamiento, el tiempo… ¿Alguien ha mirado el tiempo que va a hacer? Y Belén: ¿Dónde esa moza que se venía con nosotros? Espera que estoy viendo el partido del Ros. Déjalo y baja a comprar pan que cierran. ¡Ah! La ropa lleva en la lavandería desde el mediodía…y todo en los escasos 12 metros que tiene un típico apartamento en París.
De nuevo Juan ha dormido en el suelo, de nuevo el desayuno era a base de confituras y mermeladas caseras, y de nuevo nuestro hospedador nos ha acompañado un tramo en la salida. Eso sí, Emmanuel ha sido el primero que lo ha hecho en bicicleta, que quieras que no te sube un poquito la moral y el ánimo; no es lo mismo seguir en bicicleta a un coche que ir varios ciclistas a un mismo punto. Da más sensación de grupo ésto último.
tiene familia en un pueblo cerca de Valencia y sabe hablar algo de español, aunque lo tiene un poco oxidado debido a que hace mucho tiempo que no va por allí. Nos hacemos unas fotos con él, el dueño del bar (que tenía pinta de apuntarse a un bombardeo) y su hija pequeña.
meter las 3 bicis en un compartimento muy reducido y podemos sentarnos al fin. Tenemos la suerte de que el tren va directo a París, sin paradas intermedias, y en media hora llegamos.
Una noche estupenda entre colchones y edredones nórdicos…al menos para Héctor, Mario y Manuel, porque a Juan le tocó dormir en el suelo. Reino ya está levantado y preparando el petit-déjeuner, mientras a nosotros, malditos remolones, se nos pegan las sábanas. El desayuno es, como todos los ingeridos hasta ahora, muy sano y ecológico: confituras caseras, pan artesanal, quinoa horneada, miel, plátanos…una maravilla, vamos. Aprovechamos que hace buen tiempo esta mañana (si no tenemos en cuenta el frío) para rodar unas tomas de la casa de Reino, ya que tiene cosas interesantes, como un sistema de calefacción por geotermia. Después nos acompaña hasta un camino de tierra que va por medio de un gran bosque, y el cual no habríamos encontrado nunca sin su ayuda.
Casi toda la mañana rodamos en el bosque, sin cruzarnos con nadie más que un par de corredores y un corzo despistado. Entre la belleza del paisaje, el cielo azul, la tranquilidad y el frío, nos quedamos un poco aplatanados y no hacemos muchos kilómetros en la primera parte de la ruta, que termina al llegar al Château de Chambord. Allí nos encontramos con Juan, aunque habíamos quedado con él unos pueblos y una hora más adelante, pero aprovechamos la coincidencia para comer todos juntos en la parte trasera del castillo. Mientras lo hacemos, unos policías cortan la carretera por la que teníamos previsto salir, porque por lo visto están haciendo pruebas militares. Pero no hay mal que por bien no venga: aprovechamos para ver la fachada del castillo y nos vamos.
Esta noche tocó rifarse el sofá-cama: dos de nosotros disfrutaríamos de su mullido colchón y los otros dos probarían el duro y frío suelo.
La segunda oleada llega en un pueblo a 14 kilómetros de nuestro destino. Aunque tampoco llueve mucho, buscamos refugio bajo el techado de un taller, ya que tenemos tiempo. De nuevo se nos va la mano esperando y en cuanto salimos y nos alejamos lo suficiente como para no considerar como opción el regreso a la seguridad del taller, se pone a llover con fuerza y de golpe. Aún así somos lo suficientemente afortunados como para ir a parar justo a un bar con toldos, bajo los cuales dejamos nuestras bicicletas y nosotros nos cobijamos dentro, que está sequito y calentito. Allí pasamos un rato, tomando algo y contando historias.
Aún estamos secos, a pesar de que el pronóstico del tiempo nos tenia acongojados.
ponemos a pedalear rumbo a Saint Épain. Ni lluvia, ni viento, ni frio, ni tráfico: una etapa de lujo. En poco tiempo llegamos a Riechileu, en donde comemos en la plaza del pueblo, que es bien bonita y casi no hay gente. Mientras nos tomamos en café se nubla un poco y nos tememos que empeore y nos llueva, pero de nuevo nos libramos. Además, disfrtamos de ua carretera preciosa que atraviesa un bosque, sube a unas colinas y nos deja disfrutar de una panorámica estupenda, viendo ya el pueblo que será el fin de etapa: Sain Épain.
Una vez en el pueblo nos toca jugar a resolver el misterio: Juliet, nuestra anfitriona, nos envió un escrito sobre cómo llegar a su casa. La última “prueba” era encontrar y subir una escalera de caracol muy curiosa. Una vez dentro de la casa conocemos a Juliet, Verónica, Jeff y Tatiana. Parezca que siguamos en España: todos hablan español y todos menos Tatiana han vivido en España. Cenamos una interesante ensalada con lentejas germinadas y después arroz y pescado. Tras la cena, los vinos, las infusiones, los pasteles y las confituras, Jeff, Tatiana y Verónica se despiden y se marchan.
La noche en esta casa ha sido estupenda, dan ganas de quedarse varias horas más en la cama. Al menos el saber que abajo hay un buen petit-déjeurne esperando ayuda a abandonar la cama sin reticencias. Tras el desayuno, la rutina: guardarlo todo en su sitio, vestirnos, comprobar que no nos dejamos nada, y montar las alforjas en la bici.
Pasamos parte de la mañana con Louise y Richard; ella nos enseña su jardín, con multitud de árboles frutales (ella hace mermelada y confitura de todo lo que cultiva), especies aromáticas y ornamentales que serían impensables tener en casi cualquier parte de nuestro país de origen; él nos enseña mapas y caminos para entrar en París en bicicleta evitando las peores zonas de tráfico denso y polígonos industriales.
A media mañana hacemos un alto en el camino en un pueblecito con una preciosa iglesia circundada de un cementerio de película, todo de piedra recubierta de musgo. Comemos algo, planeamos nuestros próximos movimientos y culo al sillín.
Continuamos nuestra jornada casi del tiron, haciendo una parada corta cada 20-25 kilómetros en la que estiramos un poco, comemos unos frutos secos y seguimos. A este ritmo pronto estamos en Poitiers, aunque aún queda lo más difícil: tenemos la dirección de nuestros hospedadores, pero ni idea de dónde se encuentra la calle. Luego resulta ser mucho más fácil de lo que pensábamos preguntar a la gente, y pocos minutos (y una cuesta dura, larga y angosta) después, estamos hablando con Dominique, el hombre del matrimonio que nos hospedará esta noche. Mientras esperamos a su mujer, Danielle, que se ha ido a buscar a nuestro cámara perdido, nos sirve un delicioso y aromático té de naranja: ¡Qué cosa más rica!
Estrenamos noviembre con lluvias, aunque no nos podemos quejar. Se suponía que nos iba a llover durante la noche y estaría todo el día lloviendo intermitentemente, pero sólo nos cayeron cuatro gotas mientras dormíamos; tan poca cosa que cuando nos levantamos (y eso fue a las 7:30) las tiendas ya estaban secas, a excepción de la humedad de nuestra transpiración. No hacía ni frío si quiera, así que hemos podido tomar algo mientras recogíamos sin prisas. Nos hemos puesto en marcha a eso de las 8:00, dirección Cognac. Debíamos hacer el mayor número de kilómetros posibles, ya que tenemos que hacer 200 en 2 días. El ritmo ha sido bueno, hemos rodado casi siempre por encima de los 20 Km/h y nos encontrábamos con bastantes fuerzas. El tiempo también nos ha acompañado durante la mayor parte del día, estando nublado el cielo pero con temperaturas agradables; un poco de fresco, pero eso nos viene bien cuando vamos a roda
r rápido, ya que nos ayuda a no sobrecalentarnos. Los paisajes ya vuelven a ser más dinámicos y la carretera deja de ser totalmente plana y nos deleita con algunas subidas y bajadas, amenizando bastante la jornada. La fauna es variada y multitudinaria: cuervos, cornejas, águilas volando por encima de nuestras cabezas, enormes bandadas de estorninos, erizos, gallos y gallinas, caballos, roedores de gran tamaño, conejos…la lástima es que a muchos de ellos los vemos atropellados, sobre todo a los erizos. A las 12:00 hacemos una parada para comer algo en la iglesia de un pueblo y continuamos el viaje. A las 13:40 ya llevamos 70 kilómetros y estamos muy animados. Debería habernos llovido durante todo el día y no nos a caído ni gota. Como estamos en Cognac y nos van bien las cosas nos entretenemos haciendo coñas con el nombre de la ciudad, y vamos a preguntar sobre el siguiente pueblo al que hemos de llegar. Cuando terminamos empiezan a caer gotillas, así que nos quedamos bajo unos toldos esperando que sea una lluvia pasajera. Nada más lejos. Cada vez se anima más y pronto tenemos un diluvio allí montado. Al final tenemos que salir con lluvia sí
o sí; aún nos queda camino por delante y puede estar lloviendo todo el día. Nos preparamos para rodar bajo la lluvia(impermeables y algunos periódicos arrugados debajo para abrigar al principio y absorber el agua después) y salimos. La sensación física y psicológica de pasar de rodar seco y con temperatura agradable a rodar mojándote y con la temperatura bajando es horrible, sobre todo al principio. Luego te acostumbras y no es tan malo…hasta que paras. Si no te abrigas entonces, mala cosa. Llegamos a Matha, el pueblo en el que habíamos quedado con Juan, y damos unas vueltas en su búsqueda. Ni rastro de él. Lo peor es que habíamos quedado con él en la iglesia del pueblo, puesto que todos los pueblos anteriores que habíamos visitado tenían una iglesia con una gran torre que destaca desde lejos. Pues resulta que éste pueblo, pese a ser más grande que muchos otros, no tiene una iglesia así. Al final optamos por llamarle (en Francia las llamadas cuestan un ojo de la cara tanto para el que llama como para el que recibe la llamada) y resulta que está en un pueblo cercano viendo posibles alojamientos.
No tenemos ninguno de momento, y estamos empapados esperando bajo un toldo, cada vez con más frío. A partir de entonces se convierte en una prioridad conseguir algún tipo de alojamiento para esta noche y nos dedicamos por completo a buscarlo. Después de estar horas mirando campings, cobertizos, techumbres, hostales, etc., descubrimos que no hay nada en todo el pueblo. Por suerte nuestras tristes estampas ablandan el corazón de los parroquianos de un bar y se ponen manos a la obra: sacan dos listines telefónicos y empiezan a hacer llamadas. Uno de ellos nos acompaña a especie de hostal, pero está cerrrado. Nos recomienda que lo visitemos más tarde, y eso hacemos. Sigue cerrado, pero hablamos con un señor de una casa adyacente y al final decide alquilarnos una habitación a los cuatro para esta noche. No se podría esperar nada mejor: una mesa repleta de cosas ricas, una chimenea para secarnos nosotros y nuestras cosas, una pareja de franceses super atentos que velan por nosotros, una casa al estilo antiguo de lujo…En cuestión de minutos hemos pasado de pensar en dormir los 4 empapados dentro del coche, a
estar con la tripa llena, duchados y con camita, resguardados de la lluvia que sigue cayendo. Es una pena que no podamos entendernos más y mejor con la pareja (Louise y Richard), pues son personas muy interesantes con mucho que contar, pero dado nuestro nivel de francés tampoco nos va mal.
Nos despertamos temprano y trabajamos un poco hasta que se levanta Céline, la cual baja a comprar croissants y napolitanas para el desayuno. Después de un petit-déjeuner de lujo, recogemos nuestros pertrechos y nos ponemos a punto. Entre tanto, Céline hace unas llamadas y nos consigue una entrevista con el periódico de la ciudad en veinte minutos. Las preguntas las hacen Fabrice y Céline, nosotros las contestamos y ellos traducen las respuestas. En la calle nos encontramos con el fotógrafo, un tío muy majo que viene (como no) en bicicleta. Nos hacemos unas fotos posando en unas escaleras con la familia cicloturista y después nos vamos con ella a la oficina de turismo y a ver un poco la ciudad. A las 13:00 por
fin nos ponemos en marcha, aunque de mala gana, ya que el trato recibido por la familia cicloturista ha sido estupendo.
solventamos todos los problemas y llegamos a Saint Savin ya es demasiado tarde. Decidimos buscar un lugar a las afueras en donde montar las tiendas y descansar. Ahora nos encontramos en una pineda, ya bien cenados y de tertulia, aunque nos iremos a dormir dentro de poco.
Nos despiertan a eso de las 8:00 el repiqueteo de gotas sobre la tienda. No llueve, pero hay mucha niebla que se condensa en los árboles y cae sobre nuestras cabezas, así que desmantelamos el chiringuito antes de que se moje más. En esta ocasión no nos entretenemos mucho y partimos sin demora sin nada en el estómago;no apetece desayunar con este tiempo, ya encontraremos un lugar calentito y seco más adelante.
La pista ciclable tiene un aspecto más bien lúgubre esta mañana, con la densa niebla impidiéndonos ver más allá de unas decenas de metros en cualquier dirección. Pasamos varios pueblos en los que apenas se detecta movimiento, y al fin topamos con un bar abierto. Pedimos dos “petit-déjeurne”; desayunamos los tres y guardamos las piezas de fruta para después.
ores de pinos caidos, tierra gris, niebla densa, frío, y un sol mortecino que ni alumbra ni calienta. Por suerte, tal y como nos auguró el camarero del bar, a mediodía el sol ya aprieta de lo lindo y nos sobra ropa por todas partes. Tomamos algo en un bar y encontramos un bonito rincón a la sombra donde comer y reponer fuerzas, además de una praderita arbolada en donde nos echamos una siestaca del quince. Vuelta a la bici, rodando despacito para que el cuerpo lo vaya asimilando, y poco a poco vamos aumentando el ritmo, tanto que nos adelanta un ciclista de carretera y nos ponemos a rueda suya, cogiéndole el rebufo hasta que tira para otra dirección, pero ya se nos ha quedado el ritmo en el cuerpo y entramos a Bordeaux a 30 Km/h rodando en llano.
disfrutar de su caótica circulación de vehículos: coches, tranvías, bicicletas, monopatines, y otros artilugios rodados desconocidos, todos ellos rodando en todos los sentidos (incluido el contrario), sin excesiva señalización pero con armonía. Después de dar unas vueltas a la ciudad, acabamos frente al Hotel du Ville y ahi quedamos con nuestro contacto aquí, Fabris, quién nos guía en bici hasta su casa en el centro de la ciudad. En ella conocemos al resto de la familia de cicloturistas que nos alojarán esta noche: la madre, Céline; la hija pequeña, Amielle; y la hija mayor, un trasto llamado Titouane.
La noche ha sido estupenda. Hemos dormido dos en un sofá cama y los otros dos en una cama de matrimonio (pero guardando las distancias, ¿eh?). No sé qué tal habran dormido los del sofá, pero en la cama se dormía de lujo. Después de un buen desayuno francés (lo que hemos saqueado de la cocina de nuestro anfitrión mientras él iba camino al trabajo) y una hora laaaaarga de hacerse el remolón, hemos salido casi a las 11:00 dirección Mimizan. Rodamos por la zona más plana de Francia, las Landas. El paisaje es bonito, con bosques por todas partes, así como casas aisladas con su jardín y sus árboles de verdad y no esas estacas mal enterradas de España. Y
a nos avisó Cristobal de que el año pasado hubo una tempestad que arrasó con gran parte del arbolado, y no mentía. Cientos de pinos caídos y posteriormente talados jalonan la carretera:desde luego tuvo que ser fuerte el vendaval.
na carreterilla. Decidimos montarla ahí igualmente, aunque primero extendemos el suelo de la tienda para ver la colocación y hacemos tiempo comiendo y preparando las cosas, no vaya a ser que nos vea alguien y dé el chivatazo. Una vez anochecido montamos el resto de la tienda, cenamos por segunda vez (que siiiiiiiiiii, que luego lo quemaaaaaaamos) y a sobar la mona a las 20:00 en nuestro hotel de mil estrellas.
isajes: casas aisladas rodeadas de prados y árboles a un lado y el mar al otro. La única pega ha sido el tráfico, intenso en la totalidad de la ruta. Decían que los automovilistas franceses son (aún) más intransigentes que los españoles, pero lo cierto es que nos han respetado bastante, nos han pitado poco y sólo un par de ellos nos han increpado. Por otro lado, alguno nos ha lanzado palabras de ánimos (creemos, pues no entendemos mucho francés). Además, aquí hay más ciclistas que en España, de todas las edades, y eso siempre anima.
r antes a Copenhague. Así pudimos disculparnos ante ella y explicarle la situación, que supo entender y perdonarnos con muy buen humor. ¡Un saludo para ti, Dortoka, majísima!
tuvimos la suerte de ver una culebra grandota tomando el sol en mitad del camino (menos mal que todavía quedan ciclistas con ojos, porque casi la atropellamos), vimos paisajes preciosos…pero todo lo bueno se acaba. El asfalto empezó sutilmente a dar paso a la tierra húmeda y ésta al barro ligero con baches. Pero lo peor fue llegar a un túnel obstaculizado por maquinaria de obras. Los obreros nos dejaron pasar con miradas de “allá tú…”. Y entonces, ¡Zas!, 2 kilómetros andando, cargando con las bicis y reptando por el barro, en el cual nos hundíamos hasta los tobillos si te daba por parar.
r un nuevo escollo: un grupo de ciclistas se iba a unir a nosotros pero, ¿cómo encontrarlos? Después de varias llamadas nos topamos con ellos gracias a sus potentes silbidos. A partir de entonces todo salió a pedir de boca; el Club Ciclista Irunés nos escoltó hasta el ayuntamiento, en donde nos hicieron una entrevista, intercambiamos unas palabras con el técnico de medio ambiente, y nos guiaron hasta el albergue que el ayuntamiento nos preparó. Allí preparamos nuestras cosas, nos duchamos y directos al C.C. Irunés a cenar por cortesía de sus miembros.